miércoles, 17 de octubre de 2012

Cuando nadie entiende nada es difícil entenderse



Desde muy pequeño me enseñaron, y quienes lo hicieron eran cualquier cosa menos unos peligrosos rojoseparatistas, que la mayor riqueza de España era su diversidad, y que España había sido grande cuando sin violentar esa diversidad se había lanzado a una tarea histórica de alcance mundial. Que quizás fue una casualidad, no lo sé, pero en términos de siglos XV, XVI y XVII, desde luego, era lo más grande que se podía hacer. Y lo podía haber hecho Portugal, o Francia, o Inglaterra, pero mira por dónde, las cosas van como van, le tocó a España hacerlo y no lo hizo nada mal, aunque como en toda obra humana hubo luces y sombras. Nunca he creído en esencialismos, cuando alguien habla de la esencia de lo español, o de lo catalán, o de lo moluqueño, se me escapa la risa floja. Tampoco me interesan nada los nacionalismos, sean de naciones grandes o de naciones pequeñas, reconocidas o sin reconocer. De hecho, me han preguntado muchas veces si creo que Cataluña es una nación, y mi respuesta siempre es: “define nación”. Porque este es un concepto muy peculiar, que vale lo mismo para un roto que para un descosido. Cuando Cervantes escribía que un personaje era “sevillano de nación” seguramente no quería decir lo mismo que cuando Tierno Galván empezó el Preámbulo de la Constitución con la expresión “La nación española”, y ninguno de los dos quería decir lo mismo que cuando Pujol, o quien sea, dice “Cataluña es una nación”.

Los tiempos son los que son, y ante un término tan ambiguo a uno sólo se le ocurre eso, “define nación”. Y mira, ya que estamos, tengo la convicción firme de que existe la nación española, en un sentido de realidad histórica, cultural, social y política, pero tampoco me cuesta nada aceptar que esa nación española, que lo es, tiene que ser la integración armoniosa de muchas realidades históricas, culturales, sociales y políticas, algunas de las cuáles también pueden sentirse a sí mismas como naciones. De todas maneras esto me interesa más bien poco, por no decir nada, porque con la idea de nación pasa como con las banderas: puede usarse para unir o para dividir. Puede decirse que Cataluña es una nación para expresar que no es España y puede decirse que sólo existe la nación española para que se enteren estos catalanes, coño, que ya está bien. Y claro, o al menos claro para mí, si el término nación se tiene que interpretar en el sentido excluyente y beligerante en el que hoy se emplea, por mí que lo borren del diccionario. Paso.

A mí lo que me pone son las patrias. Porque para ser patriota de una patria no necesitas renunciar a ser patriota de otras patrias. Una patria no es afirmar lo que soy frente a los demás, sino afirmar lo que soy con y para los demás. Mi patria empieza en la mujer con la que me gusta despertarme, sus hijos y los míos. Luego hay unos padres, unos hermanos, unos sobrinos: más patria. También están los amigos de aquí y de allá, con amistades nacidas de diferentes maneras, ninguna igual que otra, ninguna mejor que otra: patria también. Y los vecinos de nuestros pueblos. Y los de otros lugares por los que hemos ido pasando a lo largo de la vida, y que nos han hecho sentir que su casa era nuestra casa. Me gusta mucho la palabra inglesa para patria: homeland, la tierra que es mi hogar. Una patria es cualquier conjunto de personas con las que quiero tener algún tipo de compromiso, en cada caso el que sea. Puedo sentir como patria la humanidad, Europa, España, cualquiera de sus pueblos, Cataluña, mi pueblo, mi barrio. O aquel París en el que pasé tres meses de mi vida, o ese Pirineo al que he vuelto 30 años después y en el que pienso quedarme, unos ratos a este lado de la raya y otros al otro lado. Creo que el patriotismo, a diferencia del nacionalismo, es un sentimiento que no se agota por mucho que consumas. Y es que el patriotismo, para mí, es una forma de amor. Y aunque hay nacionalistas que son patriotas, también hay patriotas que no son nacionalistas y nacionalistas que no son patriotas.

Soy español por nacimiento, soy español por sentimiento y soy español por convicción. Otro accidente, claro, pero es lo que hay. Si hubiera nacido en otro sitio seguramente mi sentimiento y mi convicción serían otros, pero son los que son. He nacido en un sitio que se llama España, pero en cuyas monedas de hace apenas dos siglos a los reyes se les definía como Hispaniarum Rex, rey de las Españas. Encuentro que eran bastante más listos que nosotros, sabían que no había una España sino muchas. Porque parte de lo que nos está pasando es que parece que hay quien está empeñado en que sólo se puede ser español de una manera; hay también quien, como no se siente español, aprovecha la simpleza del otro para decir que si no le dejan ser español de una manera diferente prefiere dejar de serlo; pero donde yo escribo hay cada vez más gente que siempre se ha sentido cómoda en su identidad española pero empieza a dejar de estarlo, por una razón tan sencilla como esta: sentirse, con razón o sin ella, pero con sus razones, tratados con injusticia por el mero hecho de vivir en una determinada parte de España.

Lo del 11 de septiembre en Barcelona es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. O dicho de otra manera: que unos hechos que son rigurosamente ciertos, y que sólo desde la ignorancia o la mentira consciente se pueden negar, han sido aprovechados por algunos para regar su plantita. Y como la gente empieza a estar hasta las narices de muchas cosas, se monta el cirio. Los hechos son hechos, lo que puede cambiar es la valoración que cada uno haga de ellos, o incluso las conclusiones que saque y la acción subsiguiente.

Hace unas semanas una persona de otro lugar de España me decía lamentándose: “fíjate, hemos estado una semana de vacaciones en Cataluña y hemos tenido que pagar en las autopistas”, y yo le contesté: “qué suerte tienes, tú las pagas una semana al año y yo en cambio las pago todos los días.” No se le había ocurrido. Le parecía lo más normal del mundo que donde vive tenga autopistas mejores que las de aquí sin pagarlas (bueno, las paga con sus impuestos, pero también con los míos, y es verdad que se llaman autovías, pero son mejores que las autopistas de pago de aquí, en general), y le parecía fatal tener que pagar las autopistas de Cataluña (ya sé que hay peajes en otros sitios de España, me ciño al caso real y concreto), pero no le parecía mal que yo pague las de aquí todos los días sin su ayuda y que también todos los días le ayude a pagar las que él usa sin pagarlas.

El 1 de agosto subieron los peajes de las autopistas. Resulta que tenían una subvención estatal del 10% para que no fueran tan caras. El gobierno central ha suprimido esa subvención por falta de recursos. Pero mantiene la subvención del 100% (son gratis, ¿no?; pero tienen costes de mantenimiento, ¿no? Pues eso es una subvención del 100%) para el resto de autopistas, las que llamamos autovías. Así que cada vez que voy de Barcelona a Lérida (o de Zaragoza, Sevilla, Valencia, Burgos… a Madrid), por una autovía del Estado tengo una subvención del 100%, pero cuando cojo una autopista privada no me pueden subvencionar el 10%. Y encima los que sólo las usan de vez en cuando se me quejan a mí, que las uso cada día. Mientras tanto el Estado se quedará las quebradas autopistas radiales de Madrid pagando una burrada para cubrir unas pérdidas que solo un inútil no podía prever. Jodó.

Hace unas semanas o así el presidente de Extremadura, que es una tierra que quiero de verdad, dijo la siguiente sandez: “Cataluña pide, Extremadura paga.” Pues no. Y además usted no puede alegar ignorancia, porque no es un jornalero, es el presidente de Extremadura. Usted sabe perfectamente que su Comunidad recibe del Estado central una financiación neta por habitante alrededor de los 2.200 euros al año, y sabe que el conjunto de los contribuyentes de Cataluña hacen una aportación neta por habitante de 1.600 euros al año, de la que sale en parte lo que usted administra. Me parece fenomenal y de justicia que así sea, porque yo quiero que los ciudadanos de su Comunidad tengan, en promedio, el mismo nivel de vida que los de la mía, y si para eso hay que aportar, se aporta. Pero usted, al decir eso, ha hecho dos cosas que están fatal: mentir a sus ciudadanos, que no saben que una parte de su calidad de vida se la pagamos entre todos, y sembrar en ellos esa manía a los catalanes que al parecer tanto rendimiento electoral produce, tristemente.

Luego el ministro de Hacienda presentó en el Congreso el proyecto de ley del fondo de disponibilidad, o como se llame. Previamente, preparación artillera, con la impagable colaboración de la mierda de prensa que padecemos: “Cataluña (y Valencia, y no sé cuántas más) pide el rescate.” Y el ministro: “Si Cataluña quiere el rescate tendrá que portarse bien” (esta no es literal, pero a Montoro se le entiende todo, menos cuando habla de Hacienda). ¿Y qué regula esa ley maravillosa que presentó Montoro? Fácil: cómo va a prestar el Estado a las Comunidades Autónomas un dinero que les debe desde hace dos años. A todas, ¿eh? no sólo a Cataluña. Así que yo te debo un pastón y lo que voy a hacer, en vez de pagarte lo que te debo, es ¡prestártelo! Las Comunidades que acudan al fondo pagarán intereses por recibir en préstamo un dinero que el Estado les debe desde hace dos años. El mes que viene cuando me llegue el recibo de la hipoteca voy a ver si cuela: iré a mi banco y les propondré que en vez de pagarles lo que les debo se lo presto y ellos me pagan intereses. Sospecho que no va a poder ser, pero por probar…

De todo el gasto del Estado central, hacia el 65% son pensiones y desempleo, es decir, prestaciones sobre las que el margen de decisión política a corto plazo es escaso. Si se descuenta este gasto, las Comunidades gestionan alrededor del 55% del gasto público. Lógico, porque son las que prestan los servicios más costosos y universales: sanidad, educación y asistencia social, que también son los que con más dureza están sufriendo los recortes. Hay que reducir el déficit público: vaaaale, supongamos que sí. Negociando con Bruselas se consigue que la cifra para este año sea un 1% mayor de la fijada. Tenemos que recortar 10.000 millones menos, qué alivio. ¿Cómo nos repartimos esos 10.000 millones de pequeño desahogo que nos han concedido? Sencillo: todo para el Estado central. Algo me hace pensar que esta decisión no es, ¿cómo decirlo?, un ejemplo de equidad.

Luego está eso de la lengua. Lo que le explicaba un cardenal a Juan Pablo II cuando en su primer viaje a España quiso visitar Montserrat por aquello de la Virgen Negra. “Los catalanes son una gente que vive al pie de los Pirineos, hablan raro y usan un extraño gorro rojo.” Con dos cojones, Eminencia. O eso otro tan gracioso de que cuando un político catalán, preguntado en Cataluña y en catalán, responde en catalán, suele haber alguien a quien le molesta, y cuando aparecen en la tele los subtítulos le llaman “el karaoke”. Por cierto, sería de interés preguntarse por qué se puede aprender el catalán en 60 universidades de Alemania pero sólo en 4 universidades españolas que no estén en Cataluña, la Comunidad Valenciana o las Islas Baleares. O por qué cuando en un acto oficial se interpreta el himno de Andalucía o el de Valencia o el de Galicia la gente se emociona (yo también, los encuentro preciosos los tres) y cuando se interpreta el de Cataluña siempre hay alguien que tuerce el morro.

Nuestra Constitución dice (más o menos, no me apetece buscar la cita exacta) que la diversidad lingüística de España es una riqueza de todos que hay que proteger, pero parece que todavía queda gente que no entiende eso, ni que en los territorios con dos lenguas es una exigencia de igualdad que todos los niños aprendan las dos: hay idiotas que lo plantean como una imposición y enfrente hay idiotas que lo ven como una imposición, pero la verdad es que es, repito, un imperativo de igualdad de oportunidades. Son demasiados los que no comprenden, aquí y allí, que el catalán no es la lengua de los catalanes, sino una lengua de todos los españoles que usamos sobre todo los catalanes pero que, insisto, es de todos. Y esta cerrazón no es patrimonio de la derecha, no: amigos míos muy progres no ocultan su irritación cuando algún amigo común pone en su facebook una frase tipo “jo penso que és una bona idea”, de inmediato, desabrido, aparece algo como “en castellano, para que lo entendamos todos.” ¿De verdad es tan difícil intuir que significa “yo pienso que es una buena idea”? Hombre, supongo que no es tan fácil saber que el tomillo se llama farigola, pero apuesto a que si un amigo inglés escribe “I think that it’s a good idea” nadie exige con malos modos una traducción.

Hay quien piensa que toda la movida esta de la independencia es por un asunto económico. Hace casi 80 años un político español al que difícilmente se podría considerar separatista dijo algo así: “El pueblo catalán es un pueblo profundamente sentimental.” También dijo que insultar a Cataluña era insultar a España, pero muchos de los que se dicen seguidores suyos seguramente se saltaron esa página. A mí esto del dinero me da una pereza tremenda. De verdad. Y a la mayoría de aquí también. No es por dinero: es por saber que mientras aquí estamos con un ajuste brutal porque no hay dinero para nada hay Comunidades en las que la ortodoncia es gratis. Por ejemplo. Hasta hace cuatro días, por decir algo, muy poca gente negaba aquí el principio de solidaridad: ganas más, aportas más. Pero ese principio no es el que se nos aplica, sino este otro: ganas más, aportas más y recibes menos. El déficit fiscal, que es un concepto técnico, se ha venido usando como argumento de negociación, pero nunca antes con el objetivo de reducirlo a cero. No hay ningún país del mundo con organización descentralizada en el que un territorio tenga un saldo negativo neto del 14% del PIB (como Baleares) o del 8% (Cataluña), ni como el que tienen Madrid o Valencia, aunque el caso de Madrid es aparte. Simplemente no lo hay y ya está, no es una opinión, es un dato contrastable. En general en Cataluña nunca se había pedido aportar menos, sólo se pedía recibir lo que tocaba. Los impuestos recaudados en Cataluña son el 22% del total, la población es el 16% y el gasto del Estado en Cataluña el 12%. Casi nadie pedía el retorno del 22%, pero es difícil entender que a un niño de la Comunidad X el gobierno le compre un lápiz y a mi hijo el mismo gobierno le compre medio lápiz. O que territorios que son receptores netos de fondos acaben teniendo una renta disponible per cápita más alta que los territorios de donde proceden los fondos que reciben.

Pero puestos a no entender, no se entiende que varios artículos del Estatuto de Cataluña sean recurridos al Constitucional y que la traducción literal de esos artículos que figura en el Estatuto de Andalucía no sea recurrida. O que no se permita que en el mismo Estatuto aparezca de ninguna manera, ni siquiera atenuada (podría haberse aludido al hecho cultural, por ejemplo), la referencia a un sentimiento que muchísimos catalanes comparten, y es que Cataluña, en cierto sentido, es una nación, lo cual, además, para nadie quería decir que no existe la nación española ni que Cataluña no forma parte de ella. (He escrito para nadie, y lo sostengo así: cuando se debatía el Estatuto el líder de ERC, a la sazón Joan Puigcercós, declaró lo siguiente: “podríamos empezar a hablar de que existe una nación con minúscula que forma parte de una Nación con mayúscula.” Puigcercós, sí; ese Puigcercós, claro.)

Podría hablar también de cosas tan incomprensibles como que una parte de los archivos de la Generalitat, que fue en su día y es hoy una institución del Estado, sigan estando en un Archivo en Salamanca bajo el concepto de “botín de guerra”. Duele, duele mucho. O de los 40 millones que no se tienen para hacer una vía de tren entre la nueva terminal de mercancías del puerto y la terrible línea de mercancías de que se dispone (vía única en un recorrido que tiene dos tercios de toda la actividad económica de España, casi nada), pero sí hay 4.000 y pico para un AVE a Galicia que será una máquina de perder dinero y un desastre para aquella tierra amada. O el disparate ese de priorizar el corredor central frente al del Mediterráneo, bajo el increíble supuesto de que los barcos que atracan o parten de Rotterdam para traer o llevar mercancías hacia o desde la Europa centro-norte se van a desviar ¡hasta Algeciras! para luego chuparse 3.000 km de tren para llegar a Berlín, digamos.

Al final el problema no es el dinero, es la sensación que se extiende de que no se nos quiere ni un poquito. Es así de sencillo. El president Pujol dijo en su día que para él España era “una realidad entrañable.”  El president Maragall fue aplaudido cuando dijo en Valladolid: “No nos vamos porque no queremos, pero sobre todo porque os queremos.” ¿Hay alguien que nos quiera a nosotros?

No sé si esto servirá para entender algo. Creo que he cumplido razonablemente mi propósito de ser objetivo y explicarlo tal como yo lo veo. Y espero que no quede la menor duda de que todo lo que he escrito, me refiero a los datos, es cierto. Y de otra cosa: soy capaz de entender todo esto, de comprender a quienes han llegado, a partir de todo esto, a la conclusión de que la única solución es la independencia, aunque personalmente lo último quiero es que llegue esa independencia, y si al final llega desde luego nada ni nadie conseguirá que yo crea que Aragón es el extranjero ni que deje de sentirme comprometido con España. Los tontos se preguntan cada día por la viabilidad económica de una España sin Cataluña y una Cataluña sin España y hablan de ello sin ningún conocimiento e inventándose los datos según conviene a sus creencias (cosa diferente son los expertos que desde uno y otro lado están analizando la cuestión con rigor). Bien libre es cada quién de mantener su miopía. Para mí el verdadero problema es la viabilidad afectiva, porque creo que la mayoría de los catalanes amamos a España, tenemos un vínculo afectivo con ella, y lo que ha llevado a todo esto es, entre otras cosas pero sobre todo, la sensación de que los que han obtenido el monopolio de la idea de España no nos quieren nada a nosotros.

domingo, 7 de agosto de 2011

El Papa en Madrid

Hoy estoy peleón. No sé, lo noto. Por lo del Papa, pero siempre con esa manía mía de no plegarme a lo facilón, a lo que hace la mayoría. España es diferente, y yo ni te cuento... Y como me apetecía pensar en voz alta y los de mi gremio pensamos básicamente con los dedos en el teclado, pues eso.

Mis amigos saben que soy creyente aunque tengo una relación más bien fría con la organización autodenominada Iglesia Católica (de hecho mi actual condición civil implica algo así como mi expulsión de esa organización; pero lo siento, me apuntaron mis padres cuando nací y no pienso devolver el carnet). Saben que últimamente ando cabreadillo con Dios porque hace cosas que no entiendo (y me refiero a las que hace Él, no a las que hacemos nosotros con la libertad que nos dio). Saben que a mí el que de verdad me interesa es un tío que se llamaba Jesús y las cosas que cuentan que dijo sobre cómo vivir la vida. Ni siquiera me inquieta demasiado si era o no el Hijo de Dios hecho hombre (creo que esto es herejía pero a estas alturas de mi vida como que me resbala bastante ¿no?). Saben que soy partidario de que a TODOS los niños se les den clases de cultura religiosa en el colegio (me acojona ver chavales que miran en un museo un cuadro de una Virgen y preguntan "quiénes son esa señora y ese niño" o que no saben quiénes fueron Moisés, Jesús de Nazaret o Mahoma), y de que a NINGÚN niño se le de doctrina de NINGUNA religión en el colegio. (Y me da igual que el colegio sea público o privado. Bueno, en realidad no me da igual porque no creo que tengan que existir los colegios privados. Pero esta es otra historia.)

Saben también que soy un tío bastante disciplinado en las disciplinas que puedo elegir yo mismo. En mi trabajo (sí, yo tengo un trabajo en el que más o menos puedo elegir a mis jefes), en los sitios donde estoy voluntariamente, en mis deberes como ciudadano y en mi vida familiar y de pareja. Pero que en cambio, como buen hispano, me gustan muy poquito tirando a nada las disciplinas que se me imponen. Así que con todo respeto al Papa, que se lo tengo, de los curas me interesan muy poco los que visten ropajes con bordados dorados y así, y muy mucho los miles que andan con sus tejanos (y su cruz al cuello) por las zonas más duras de África, Asia e Iberoamérica intentando hacer algo por los más pobres de los pobres de aquellas tierras.

A lo que vamos. He visto que algunos amigos han puesto en sus muros del FB, seguro que de buena fe, algunas frases más o menos graciosas sobre la visita del Papa a Madrid. Cosas tipo "que cuando venga el Papa las hostias las reparta también la policía en vez de los curas" o "que el Papa se quede en casita y el dinero de su viaje se envíe a Somalia." Yo nací bajo el signo de Cáncer, y eso quiere decir entre otras cosas que tengo cierta tendencia a ponerme del lado de los atacados, los que sean. Y me parece que en este país a la gente de iglesia se la tiene como acogotada. Es como que hay barra libre ¿no? Nunca hemos sido muy clericales pero ahora estamos todos de un comecuras que no sé yo... Y me hago preguntas. Podemos hacer bromitas con eso de que las hostias las de la poli en vez de los curas. Ay, qué risa. Busquemos ahora en FB alguien que haga una broma equivalente, por ejemplo, respecto a la religión de los musulmanes. Que tiene 5 pilares básicos, como es sabido: la profesión de fe o
shahada (la-ilaha-ila-alah-wa-anna-mohamed-rasul-alah, o sea, sólo Dios es Dios y Mahoma es su profeta), la limosna obligatoria o zaqat, la peregrinación a la Meca o haj, la oración diaria o salat y el mes de ayuno anual o ramadan. A mí no me gusta que nadie se burle de las creencias religiosas de los demás (o de la falta de ellas), pero ¿no sería superfácil hacer chistecitos sobre el ramadán, por ejemplo? ¿O sobre lo de rezar 5 veces al día? Pues ni una, oye, ni siquiera con tema erótico-festivo, que es otra de nuestras fijaciones nacionales.

Bueno, vale, pues no hagamos bromas sobre el Islam (ni sus creyentes), que además me interesa muchísimo y me merece enorme respeto. Pero bien podríamos criticar o algo las cosas
malas de algunos musulmanes. Por ejemplo hace unos días se ha absuelto a un imam que explicaba en su mezquita y hasta en libros la manera de pegar a tu mujer sin que se note o algo así. Y también hemos sabido estos días que unos integristas islámicos (no confundir con creyentes musulmanes, que es otra cosa) estaban impidiendo el reparto de alimentos en Somalia. ¡Coño, qué casualidad, el sitio adonde el chistecito propone mandar el dinero que costará la visita del Papa! (Y no digo nada sobre cántas familias españolas van a tener ingresos durante una semana por cuenta del viaje del Papa y todo lo que le rodea.) Tengo acceso a 3 cuentas de FB, que suman unos 750 "amigos". Pues nada, ni un comentario sobre ninguna de estas dos cosas. Los "indignados" (qué penita, lo bien que empezó eso y lo fatal que va ahora) protestan porque viene el Papa. Y también organizan de vez en cuando alguna bronca en la embajada de Francia en Madrid. No en las de Marruecos, Irán, Pakistán, Yemen, Arabia Saudí, Emiratos, Qatar (y ese Barça triomfant con lo de Qatar Foundation en la chamarra gloriosa)... En la de Francia: el país que inventó el sistema de libertades y derechos civiles en el que vivimos; el de la igualdad, libertad y fraternidad; el de la laicidad y el laicismo como seña de identidad del Estado. Y coño, pues que no lo entiendo.

Y cuando no entiendo algo lo pregunto: ¿alguien sabe por qué hasta el más pelagatos y mindundi se atreve a hacer chistes a costa de los católicos y sus cosas y en cambio nadie dice ni mú, por ejemplo, de las barbaridades de los integristas islámicos (insisto, no de los musulmanes en general como dice también algún idioto: los integristas son esos que quieren obligar a todos a creer lo que ellos creen, algo de eso sabemos también por aquí...)?

Imbéciles (4)

Nunca discutas con un imbécil.

Te hará bajar a su nivel y allí te ganará por experiencia.

(Gracias, Ángeles.)

lunes, 15 de marzo de 2010

Imbéciles (3)

Si es que Dios (o mejor dios, porque el Dios en que creo no haría semejante cosa) los cría y ellos se juntan. Porque de tanto que quieren los unos separarse y los otros separar acaban dando la vuelta entera y encontrándose en la parte de atrás.

Se debate en el Parlament de Cataluña una iniciativa legislativa popular que pretende que se prohiban en nuestra tierra las corridas de toros. Bien, para los gustos se inventaron los colores. A usted pueden gustarle los toros o no. Usted puede pensar que los toros son una especie de barbarie o puede creer que son puro arte. Usted puede incluso –es extraño, pero llega a ser admisible a mi juicio– preferir las vaquilladas en las que una multitud descontrolada se dedica a hacer toda clase de salvajadas a unas cuantas terneras, sin reglas ni límites, puede incluso considerar que es graciosísimo que un encierro termine en una plazuela con donde está permitida cualquier agresión al animal, o que la carrera acabe con el astado cayendo al mar desde un muelle de pescadores para a continuación salir nadando por la playa, sólo para que se repita el supuesto juego, tan divertido. Puede usted entender que es mejor todo eso que un espectáculo ordenado, controlado por una autoridad, que protagoniza un animal criado específicamente para eso, que se enfrenta en cada fase de la lidia a una sola persona cuya actuación está sometida a una estricta regulación. Es su derecho.


Yo no le voy a engañar. A mí me gustan los toros. Si pudieran hacerse corridas sin sangre lo preferiría, es verdad. Pero una corrida de toros, de toros de verdad, con toreros de verdad, me parece uno de los espectáculos más estéticos que se pueden dar. Y tampoco le voy a negar que los toros me parecen un elemento cultural de primer orden. No tengo tan claro que sean una parte esencial de nuestra identidad nacional, para qué decir otra cosa.


Ahora bien. Si a usted lo que le pasa es que los toros le parecen una cosa española, y por tanto algo “del país del costat”, pues muy bien, oiga. Usted es nacionalista, y punto. Igual que los otros, claro: los que la misma semana del debate en la Ciutadella declaran los toros de interés cultural, o patrimonio intergaláctico o cualquier otra cebollez al uso. Porque oiga, lo que no me cuadra es que usted critique que para algunos catalanes los toros son cosa fea porque les recuerdan a su odiada España, y a continuación decirles, acta de gobierno en mano, que efectivamente, los toros son ante todo una cosa castiza y nacionalista (de la otra nación, la grandota, la que algunos queremos divertida e incluyente y otros, los ellos y los otros ellos, prefieren sosa, aburrida y monocolor). O sea, la mejor respuesta a un imbécil, al parecer, es otra imbecilidad de igual potencia y en sentido opuesto. Es la segunda ley de Newton (era la segunda ¿no?) de la imbecilidad.


Y unos días después, para redondear, un españolísimo periódico de Madrid titula en portada a todo trapo con la noticia de que la renta disponible per cápita de Madrid ya supera a la de Cataluña. Fíjese bien el lector: la renta disponible, no la renta generada. En la segunda seguimos por delante, en la primera no. ¿Qué cuál es la diferencia? Sencillo. Cuando a la renta generada se le restan los impuestos que van de Cataluña a la caja común y se le suma lo que viene de la caja común a Cataluña se obtiene la renta disponible. Dicho clarito y en castellano de aquí: eso que tan espectacularmente pregona el más anti-independentista de los diarios madrileños es exactamente la principal justificación –y el más potente argumento– de los independentistas.
Hay días que a uno le dan ganas de llamarse Josep Lluís, aquí y en la China comunista y en la otra.

¿Estamos o no estamos en un país de imbéciles?

miércoles, 24 de febrero de 2010

Imbéciles (2)

Que nadie se preocupe que tengo para repartir a diestro y siniestro, o mejor a todos los siniestros. Ya se sabe, el número de los tontos es infinito, dice la Biblia. Pero debe de ser un infinito de aquellos de función exponencial, que según recuerdo eran mucho más infinitos que los de las funciones aritméticas.

Imagínese el lector un pueblito de unos 6000 habitantes metido entre montañas. Uno de esos pueblos deliciosos que la orografía catalana permite, en medio de un valle, donde los vecinos se conocen y se saludan por la calle y la segunda vez que entras a comprar a una tienda ya te dicen eso de "ya pagarás otro día". En verano hace fresquito por la noche, jersey de lana y una manta, y en invierno por todas partes huele a humo de chimenea. Los concejales han ido juntos al cole, y aunque no se cortan a la hora de defender sus posiciones siempre impera un buen rollo envidiable, puedes parar al alcalde cuando sale de comprar el pan y contarle un problema de alcantarillado y la señora con la que coincidiste en la cola del CAP te pregunta tres días después si ya se le ha pasado la tos al pequeñajo.

De pronto algo pasa. Un grupo de vecinos, llevados de una marea que parece incontenible gracias a que entre todos les hemos convertido en unos hombrecitos de la leche, quieren organizar su pseudo-referéndum independentista y ya las cosas empiezan a ser diferentes. Llevados de toda su mejor intención -aceptemos la hipótesis de que querer romper algo pueda tener un fondo de origen bondadoso- montan todo el cirio: coordinadora, escrito al ayuntamiento, apoyo casi unánime (a ver quién es el guapo que se atreve a decir que no), cartas a los comercios, petición de apoyo a las entidades...

Y ya no somos tan amigos ¿sabes? Es que no sólo se han adherido los partidos que comparten ese impulso centrífugo. No. Se ha adherido el club de básquet, y el de fútbol, y el de sardanas, y el de teatro, y la filatelia, y los montañeros, y los buscadores de setas, y los cazadores de jabalíes, y si les dan dos semanas más se incorporan hasta los bares. Así que en ese pueblo, que se sepa, para jugar a baloncesto y a fútbol, subir al escenario o actuar o bailar en el paseo, coleccionar sellos, subir al monte o salir por "rovellons" o "senglars" es necesario formar parte de una entidad que se ha declarado políticamente independentista (y algunas de ellas con cosas antológicas como hablar del Estado "pseudo-democrático", que ya son cataplines, digo yo).

En las entidades culturales donde una junta medio sensata ha dicho "esto no va con nosotros" se ha armado la de Cristo Padre, y me cuentan que hasta el colegio público, ¡atención, señoras y señores! estuvo a punto de sumarse a la parranda, que ya sería lo último. Porque, esa es otra, se supone que la encuesta -vamos a llamar las cosas por su nombre de una buena vez- es "por el derecho a decidir". Pero a los que acudan a esa insuperable burla a las urnas a ser encuestados no les preguntan si les gustaría que se pudiera decidir, sino abiertamente si desean la independencia de Cataluña. Y personas que nunca han manifestado la menor veleidad en ese sentido acuden a ser vistos a los actos y aseguran que irán el domingo a ser encuestados. No vaya a ser que aparezcan sus nombres en pintadas con forma de diana.

La Constitución de la Segunda República definía España como una República de trabajadores de todas las clases. Se equivocaron sus señorías: lo que es España es un país donde se presta atención a toda suerte de imbéciles.

martes, 16 de febrero de 2010

Imbéciles (1)

Andaban ciertos amigos míos, soberanistas o abiertamente independentistas, un poco preocupados. Resulta que por primera vez, después de mucho tiempo, se veían a sí mismos, con sorpresa, sintiendo como propio algo de España, vibrando, madre mía, vibrando, sí, con algo que lleva el nombre de España. Sí, bueno, se me podrá decir que a lo mejor emocionarse viendo a un grupo de 11 tíos persiguiendo un balón en calzoncillos y camiseta no es como para que podamos pensar que la llama de la Patria ha vuelto a prender en el corazón de mis amigos.

Puede ser. Pero lo cierto es que para unos cuantos millones de españoles lo más parecido a la emoción patriótica que les ha sido dado sentir, en esta España bajuna y chabacana que entre todos hemos ido construyendo, es justamente la alegría de ver cómo las selecciones nacionales, y especialmente la de fútbol, por fin han cambiado el viejo lema de “jugamos como nunca y perdimos como siempre” por el de “jugamos como nadie y ganamos como nunca”.


A todo eso han contribuido un grito y un nombre. Porque al grito de “¡podemos!” todos hemos cantado los triunfos de “la roja”. Esas personas de las que hablo, compañeros de trabajo pero además amigos de sobremesa y mucho más allá, nunca habían comentado un buen o mal partido de España con más énfasis que pondrían al comentar otro de Francia o Alemania, salvo por la presencia de algún jugador del Barça. Pero de pronto todo había cambiado. La selección española ya no era algo ajeno; de repente ese equipo y esos colores eran algo por lo que valía la pena saltar, cantar, gritar… ¡Podemos! Sí, y la selección ya no era ese equipo al que se miraba con frialdad. La selección se había convertido en “la roja”, no, mejor ¡¡¡LA ROJA!!! Y la sentían como suya.


Mis compañeros ya no están preocupados. Un grupo de imbéciles, de estos que tienen el monopolio de la Patria, han decidido que era mejor volver a dejar fuera de ella a mis amigos. Con toda la maldita fuerza de internet ya están en marcha iniciativas que nos dicen lo malo que es llamar “la roja” a la selección de todos. Pero claro, es que no es de todos. Es suya. La quieren sólo para ellos. Como a España. O amas a España como ellos quieren o no vale. Era malísimo que unos cuantos cientos de miles de personas a las que España se les daba una higa hubieran empezado a alegrarse de esos triunfos. ¿Te imaginas qué putada, todo de catalanistas separatistas, votantes declarados de Esquerra, clavados delante de la tele pegando botes antes las hazañas de los Puyol, Xavi, Iniesta, pero también los Casillas, Sergio Ramos, Cazorla, Villa y demás? ¡Nooooo! Antes rota que roja ¿comprendes, lector?


Si un día España se rompe del todo, espero que quede entre nosotros alguien con los arrestos suficientes para ir a buscar uno por uno a todos estos imbéciles que tienen la exclusiva del patriotismo y agradecerles, insisto, uno por uno, sus esfuerzos para expulsar del sentimiento compartido a tantos y tantos españoles. Y agradecérselo como Dios no manda, o sea, de la única manera posible: con una buena sarta de patadas justamente en el centro exacto de la bisectriz.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Alakrana

Lo primero es lo primero: me alegro un montón, lo que se dice un montón, de que todos los arrantzales, mariñeiros y pescadores del Alakrana estén libres y naveguen rumbo a las Seychelles para volar luego al encuentro de sus familias. (Por cierto: el tono de ayer del presidente Rodríguez al anunciar la noticia, ¿no recordaba un poco a aquel "con viento de levante" del ministro Trillo cuando lo de Perejil?)

Ahora toca preguntarse muchas cosas:

1) ¿Por qué un barco que ha recibido tres avisos, tres, de los buques de la operación Atalanta, sigue faenando fuera de la zona de protección establecida?

Ya se me dirá que claro, que los pescadores quieren ganar más, y tenéis razón (y ellos). Son gente a la que se paga un fijo de menos de 1000 mortadelos al mes y una especie de bonus en función de las capturas, así que cómo no van a querer ganar más. Pero... Pero la operación Atalanta nos cuesta la broma de un millón de euros al día. Y ese millón lo pagamos para garantizar la seguridad de los pescadores. Si por ganar unos euros más convierten en inútil el dispositivo de protección igual estamos haciendo el canelo. Todos.

2) ¿Quién ha pagado el rescate? ¿Las familias, el armador, el Gobierno, las cajas B del Estado? ¿Son 2,3 millones, 2,7 ó 3,2? ¿Somos conscientes de que tal como están las cosas en Somalia con eso se financian quince o veinte secuestros?

Humanamente es comprensible que se haya hecho todo lo posible para lograr la liberación de los secuestrados pero es inevitable recordar que en España, está vigente el artículo 404 del Código Penal, que define la prevaricación como el delito que comete el funcionario o autoridad que toma a sabiendas una resolución contraria a la Ley. ¿Quién ha ordenado el pago del rescate?

3) ¿Se va a perseguir a los secuestradores? Uno esperaría como mínimo algún tipo de acción punitiva, no sé si mediante la aplicación de la fuerza militar o por otros medios. No sé si hay que enviar a la infantería de Marina o pagar a mercenarios para que hagan un escarmiento, pero algo habría que hacer.

Lo que no es aceptable de ninguna de las maneras es que haya ahora mismo 63 personas (y sus jefes, y los abogados que tramitan el rescate, y qué se yo quién más) partiéndose el alma de risa mientras se distribuyen el lucro de su acción criminal, y pensando, después de todo, que existe al menos un país cuyos pesqueros pueden ser asaltados con buenas probabilidades de rentabilizar la acción.

4) Y por último, ¿quién ha dirigido la acción del Estado en este asunto? El espectáculo de informes de la inteligencia naval, contrainformes del CNI, que si han mandado traer a los dos capturados los jueces, los fiscales, el comandante de la fragata (este, seguro que no), la ministra de Defensa, el presidente Rodríguez o el conserje del Senado, la supuesta unanimidad de las decisiones (todos sabemos en qué consiste la unanimidad en los sistemas tan presidencialistas como el nuestro)...

Va, venga, por favor: ¿quién ha metido la pata? Que no pasa nada: se sale, se dice eso de "como la he pifiado ofrezco mi renuncia" y se conserva la dignidad, y las posibilidades de volver a tener responsabilidades públicas en el futuro. Porque la dignidad no inhabilita; lo que inhabilita para esto, y para todo, es la dignidad.

Pero abunda tan poco...

viernes, 16 de octubre de 2009

Y que nos quiten lo bailao

Este miércoles, en la tertulia quincenal que comparto en la COM Ràdio con Gonzalo Bernardos, el director del programa, Jordi Duran, nos pidió, como era de esperar, nuestra opinión sobre el proceso de fusión de Caixa Catalunya, Caixa Girona y Caixa Tarragona, que oficialmente se puso en marcha el martes por la tarde pero del que todos estábamos hablando desde el regreso del verano.

El sector financiero no es cualquier cosa. A diferencia de la mayoría de los sectores económicos, por muchas barbaridades que hagan los gestores de la banca y las finanzas en general no se puede permitir que el sector se colapse. No es como los vendedores de piruletas o chuches en general, o los sopladores de vidrio o qué sé yo. No. Si un sector que produce bienes y servicios reales se va a hacer gárgaras, pues mala suerte: al INEM los que les toque esa negra lotería, a liquidación las empresas, benedicat vos Deus patres omnipotens y tal dia farà un any. Cuando en el mercado hagan falta esos bienes alguien se dedicará a importarlos o producirlos y en algún momento los planes de los consumidores y los de los productores casarán, y aquí no ha pasado nada.

Eso no ocurre con la banca. El sistema financiero es como el lubricante de un motor. Si te olvidas de llenar el depósito de gasolina puedes quedarte tirado en carretera; pero si te olvidas de rellenar el del aceite puedes quedarte sin coche para siempre. El sector financiero convierte el ahorro de los consumidores en capital disponible para los inversores, sean estos empresas, consumidores o el Estado en cualquiera de las múltiples versiones de él que disfrutamos. Esa financiación es la que permite superar el desajuste que prácticamente siempre existe entre el momento en que necesitamos dinero para una operación y la disponibilidad de nuestros propios fondos. Cuando compramos una casa, por ejemplo, necesitamos el dinero ya; el préstamo permite cambiar ese dinero que me dan en el presente por otro dinero que yo iré pagando en el futuro. Naturalmente el tipo de interés es el precio que pagamos por disponer hoy de un dinero que iremos ganando durante los próximos 30 años.

En una economía moderna como la nuestra la mayor parte de nuestras operaciones económicas no se hacen con dinero en efectivo, sino mediante recursos financieros. Hay un anuncio bonito en la tele y la radio que nos invita a guardar el dinero de bolsillo para las cosas importantes, como dejar algo en el sombrero de un grupo de personas que animan un parque con una música preciosa. Para lo demás, dinero financiero. En estas condiciones todo funciona básicamente a partir de la confianza. Todos nos fiamos: los que dejamos nuestros ahorros en un banco o caja, los que aceptan cobrarnos una comida pasando un trozo de plástico por un datáfono o que paguemos la entrada de un coche con un cheque al portador. Confiamos en que la entidad financiera responderá, y gracias a eso la economía puede funcionar con muchísima más agilidad que si todas las compraventas se tuvieran que hacer entregando físicamente una cantidad de dinero. Además los costes de transacción son muy inferiores.

Por eso ningún gobierno serio puede permitir que la banca se venga abajo por muchas tropelías que se hayan cometido, incluso por insoportablemente indecente que nos parezca que el consejero delegado de un banco pille una pensioncilla de 3 millones de euros al año o que el conjunto de los planes de pensiones de los directivos bancarios acumule 500 millones. Si alguien ha metido mano en la caja, si alguien ha estafado o cometido alguna irregularidad, unos atentos caballeros y damas que suelen llevar un uniforme verde y un extraño sombrero negro acharolado se presentarán en su casa y con amabilidad pero sin la menor duda acerca de sus intenciones se lo llevarán detenido. Pero sea cual sea el volumen de sus desmanes allá iremos todos con los millones de mortadelos que haga falta a sanear, reequilibrar balances y lo que sea preciso, porque no hacerlo supondría la ruina de nuestra economía.

Así pues, que nadie se sorprenda de que los poderes públicos faciliten financiación para el saneamiento de las cajas fusionadas. En este caso concreto, 1500 millones de euros, que por si alguien lo ha olvidado serían el equivalente a un cuarto de billón (con B de burrada) de nuestras viejas pesetas. O sea, una pasta gansa, y la cosa no ha hecho más que empezar. Decía el miércoles Narcís Serra, presidente de Caixa Catalunya, que no debía verse la fusión como una absorción encubierta. Tiene razón: se parece más a esas operaciones de apuntalamiento en las que cuando un gran edificio corre peligro de venirse abajo se construyen a su alrededor otros edificios más pequeños para reforzarlo. ¡A nadie se le ocurriría decir que es el edificio grande el que da soporte a los pequeños!

Si se fusionan es porque nadie pierde y al menos uno gana. El reparto de cuotas de poder indica que no es que el pez grande se coma a los peces chicos, sino que necesita como el aire apoyarse en ellos para que no se lo lleve la corriente. Luego entre todos rellenaremos el agujero con la cantidad de hermosos billetes de esos que llaman “bin laden”, ya sabéis, todo el mundo habla de ellos pero sólo se ven por la tele. La pelea vendrá, como siempre en las cajas, con la Obra Social, que es el instrumento que los políticos tienen para hacer sus cositas en el territorio del que dependen sin echar mano de fondos públicos. Pero esa ya es otra historia.

UNA MALDAD: Se insiste tanto en la territorialidad identitaria de las cajas que no deja de hacer gracia que una importante caja de una zona del norte de España con un bellísimo pero muy difícil idioma propio esté intentando hacerse con la primera caja que fue intervenida por el Banco de España desde que empezó esta crisis. En el Quijote hay un personaje que grita: “¡Viscaino estoy”. En un chiste en el que uno presume de que los bilbaínos somos tal y somos cual, cuando el otro le recuerda que es natural de Santurce (o Santurtzi), el primero responde: “Los de Bilbao nacemos donde queremos”. Se podría decir: “los de Bilbao tenemos cajas donde queremos”. Tanto llorar la desvasquización (cierta) del BBVA y ahora el PNV queriendo quedarse la caja de ahorros de un lugar de cuyo nombre es muy fácil acordarse.

miércoles, 7 de octubre de 2009

¡A por el 15%!

Esta mañana discutíamos en clase la política económica con que entre 1983 y 1985 el primer gobierno socialista, presidido por Felipe González y con Miguel Boyer en Economía y Hacienda, le dio a España el empujón necesario para salir de la profunda crisis económica que padecíamos prácticamente desde la muerte de Franco. Comentábamos que el triunfo en la lucha contra la inflación –que en unos tres años se redujo del 15% al 8%, más o menos–, mediante una política monetaria durísima y un fuerte ajuste de los costes laborales conseguida mediante una fuerte destrucción de empleo. En cualquier economía moderna, como la nuestra, funcionan los llamados “estabilizadores automáticos”: siempre que aumenta el paro aparece un déficit público anticíclico independiente de cualquier decisión política. Menos gente trabajando quiere decir menos recaudación por IRPF y por IVA, y más gasto en protección a los parados; y todo ello sin necesidad, insisto, de tomar decisión alguna. Ocurre sin más, aparece ese déficit transitorio, anticíclico y espontáneo, y por eso se habla de estabilizadores automáticos. De manera que, decíamos a eso de las 11.35, el aumento del paro había implicado un déficit público coyuntural que se sumaba al entonces permanente déficit estructural de la economía española. De pronto he caído en la cuenta de algo. Estos son los primeros alumnos en dos lustros para quienes el déficit público no es un fenómeno extraño y desconocido de los libros de teoría económica o de historia sino algo real, y ellos mismos son los primeros sorprendidos, porque desde que empezaron a estudiar, hace unos tres años, nunca habían visto el déficit público como un problema para el presente… y para el futuro. Y claro, de ahí a preguntarnos por las previsiones del FMI para el año 2010 solo había que dar un paso. El (des)gobierno que disfrutamos dice que podemos llegar al 10% del PIB, lo cual seguramente significa, a la vista de la experiencia, que ya lo hemos superado. Da miedo verles en esas ruedas de prensa dando números e imaginarse cómo serán los de verdad, los que no se enseñan en público. El FMI vaticina un 12%, lo que permite apostar sin demasiado riesgo por una cifra alrededor del 15%. Porque hay algo que nadie “con galones” ha salido a explicar. Lo que nos pasará el año que viene, en el mejor de los casos, es que se moderará la destrucción de empleo. Que no está mal, o incluso está muy bien; pero no significa que se reduzca el paro, sino que aunque sea más despacio en todo caso crecerá, y con el paro siempre crece el déficit. Así que, se diga lo que se diga y desde donde se diga, llegaremos a saberlo o seremos víctimas de otro apagón estadístico que dejará pequeño al de 1996-2004. Pero allá vamos, cuesta abajo y sin frenos, a batir un nuevo récord: ¡a por el 15% de déficit público!

viernes, 15 de mayo de 2009

Imprescindible

Un artículo de Antón Costas cuya lectura debería ser obligatoria para cualquiera que quiera hablar en público de los problemas de España.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/impulsar/reformas/plena/crisis/elpepiopi/20090512elpepiopi_12/Tes

Después del debate

Pasó el debate sobre el estado de la Nación y nos deja varias cosas que son al menos motivo para la reflexión. En primer lugar, tengo la sensación de que la mayoría de nosotros no nos merecemos un nivel tan bajo. Si ante una batería de propuestas del presidente todo lo que puede decir el líder de la oposición es que hay que hacer reformas estructurales sin concretarlas, y si lo más contundente que puede replicar el presidente es que su oponente es campeón en elecciones perdidas, mal andamos. Luego están las medidas en sí. Algunas claras, otras no tanto, algunas dudosas y otras que de puro propagandísticas se han tenido que empezar a desmentir, o al menos matizar, al cabo de apenas 24 horas de finalizado el debate. La eliminación de las deducciones fiscales por compra de vivienda parece, a priori, una medida correcta. No hace falta matizar que es a partir de cierto límite: a pesar de la caída de los precios de la vivienda, hoy por hoy nadie por debajo de esos límites puede plantearse comprarse una casa. En todo caso es un cambio muy importante que refleja una cierta voluntad de dejar de poner el énfasis en el tocho como factor de crecimiento, y además tiene un contenido claramente progresivo, no tanto por favorecer a los sectores menos favorecidos como por dejar de hacerlo con los mejor situados económicamente. La duda es si será posible políticamente llevar a cabo la reforma, anunciada prudentemente para 2011. Mientras tanto, la medida puede provocar un repunte de la demanda que podría detener el descenso de los precios. ¿Era eso lo pretendido?

Luego está lo de los ordenadores para los niños y las ayudas a la compra de coches. Sobre lo primero, anoche la secretaria de estado de Educación tuvo que advertir que, primero, algunas familias tendrán que pagar una parte del precio, y segundo, que hace falta el acuerdo de las Comunidades. Spbre lo segundo, el presidente ha rizado el rizo en lo que antes se llamaba "tirar con pólvora del Rey": ahora se tira con la pólvora de los súbditos. ¿Cómo, si no, entender una ayuda de 2000 euros de la que el gobierno central pone 500, el autonómico otros 500 y la empresa vendedora los 1000 restantes? El sector se espantó tanto ante la cancelación de las operaciones cerradas durante el Salón del Automóvil que el inefable ministro Sebastián ha tenido que decir que la cosa se pone en marcha a partir del mismo lunes.

¿Algo más? Sí, la constatación de la soledad compartida de nuestros dos partidos de gobierno. Resultaba gracioso escuchar al vicepresidente Chaves, en la entrevista de ¡45 minutos! el miércoles por la tarde en la SER, la afirmación de que "los grupos de la oposición se han quedado todos solos". Lo cierto es que los que están de verdad solos son el gobierno, que se ve obligado a pagar carísimos los pocos y esporádicos apoyos que recibe, y el PP, que inexplicablemente sigue practicando la estrategia de convertirse a sí mismo, con afirmaciones retóricas innecesarias y molestas para muchos, nuevamente en un apestado con quien nadie quiere pactar.

PD: Desde hace unos meses ha quedado clausurado el blog de mi admirado compañero, el catedrático de la UPF José García Montalvo, tras ser objeto de ataques de piratas informáticos de origen incierto. Su pecado: la búsqueda de la verdad, tan subjetiva y personal como se quiera pero siempre limpia. Dice el gran Serrat en una de sus canciones más celebradas que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Modestamente, quiero dejar constancia de mi solidaridad con el profesor García Montalvo y mi repulsa por los ataques que ha recibido.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El gobernador

Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, es una de esas personas que parecen haber nacido para estar todo el tiempo ocupándose del bienestar de los demás. Quizá eso sea vocacional, y seguramente es la causa de que lleve un montón de años en cargos públicos -con un paréntesis durante los gobiernos de Aznar-, siempre en el área económica. Fue secretario de estado de Economía y de Comercio en sucesivos gobiernos de González. Luego se le envió a modernizar el Tribunal de Defensa de la Competencia, un organismo hasta entonces considerado como un cementerio de elefantes, que entre 1963 y 1988 nunca había dictado una resolución firme. Cuentan que cuando Felipe le propuso para ese cargo el actual gobernador inició un gesto de rechazo, aclarando que si ya no servía para el gobierno no era necesario proporcionarle una sinecura. Pero el presidente, al parecer, le convenció así: "Eres el más liberal de los socialistas o el más socialista de los liberales, y por tanto la persona adecuada para hacer de una puñetera vez la liberalización de los mercados que España necesita".

Después vino la Comisión Nacional del Sistema Eléctrico, reconvertida después en Comisión Nacional de Energía, y tras el paréntesis citado la secretaría de estado de Hacienda y Presupuestos, hasta su nombramiento como máximo responsable del sistema financiero español.

Como experto en liberalización ha venido muchas veces a la Facultad a dar seminarios, sobre todo a partir de la publicación de su libro sobre La competencia (Alianza, 2000), y con la misma seriedad se reúne con alumnos de primero que con los del doctorado. En el trato personal con él ha podido apreciar algunas cosas. La primera, que es al menos tan buena persona como su cara da a entender, o todavía más. La segunda, que tiene un talento natural para explicar de manera muy sencilla cuestiones de extremada complejidad. La tercera, que dispone de una envidiable capacidad de encaje en la controversia, es una de esas personas con las que es una gozada discutir porque cuando le llevas la contraria siempre empieza sus respuestas diciendo: "Pues es muy posible que tengas razón, nunca me lo había planteado así. Pero si me permites, mi punto de vista es...". La cuarta, es un señor, una persona de una elegancia indiscutible (que sonríe, por ejemplo, cuando alguien, dándoselas de confianzudo, se dirige a él como "MAFO", que es algo que simplemente no soporta).

Por primera vez en muchos años un gobernador del Banco de España ha concedido una entrevista de las largas, en la que se traslucen, creo, las cuatro cosas. No hay una sombra de mala intención en cuanto dice, expone su pensamiento con claridad y franqueza, acepta sin reparos el jugueteo del entrevistador y sabe mantener la discreción exigible a su responsabilidad sin la menor dificultad. La entrevista está en

http://www.elpais.com/articulo/economia/desconfianza/total/elpepieco/20081221elpepieco_1/Tes


Y de verdad que vale mucho la pena.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Bienvenidos

Hola a todos. A partir de hoy pongo en marcha esta bitácora. Como explico en el lateral, pretendo que se convierta en un espacio adecuado para ofrecer a quien pueda estar interesado algunas reflexiones (bueno, muchas veces no serán tan "reflexionadas", después de todo), cosas que a uno le vienen a la cabeza y que a lo mejor a alguien podrían servirle de algo.

No voy a engañaros: la mayor parte de las veces escribiré acerca de la Economía (y sobre todo de la economía, con minúscula, que es la que nos importa más a todos). Pero no me comprometo a no hacer otras cosas: desde recomendar un libro que me ha dejado alguna huella hasta invitaros a participar en actividades de todo tipo que piense que valen la pena.

Ah, sí, soy un profe ¿vale? Y por tanto muchas veces tengo tendencia a explicar las cosas como si se las contase a alguien que sabe menos que yo. Por eso tengo algún éxito en cosas que tienen que ver con la divulgación, como mis queridos "viejitos" de la UB (prometo que muy pronto les dedicaré una entrada), mis colaboraciones en medios de comunicación (sobre todo en Com Radio, pero de vez en cuanto también en alguna de nuestras teles): porque, como me decía un amigo al que echo cada día en falta, "has de explicar las cosas como lo haces cuando quieres que te entienda tu madre".

Por tanto, si te parece que mi manera de contar lo que sea está por debajo de tu nivel, pues muchas felicidades, chaval o chavala: la web está llena de cosas como esta escritas por compañeros que saben mucho, mucho más que yo (y lo digo sin en menor asomo de falsa modestia), y que se expresan de una forma mucho más "seria".

Pues eso: que aquí estamos, para lo que haga falta.