martes, 29 de marzo de 2022

29 de marzo de 2020

Buenos días.

Cuando Benedicto XVI visitó Auschwitz dijo algo así como "¿dónde estabas, Dios mío, cómo permitiste que esto ocurriera?" Como es un hombre de inmensa cultura quizás en aquel momento pudo recordar la respuesta que Brecht pone en boca de Galileo cuando, en el juicio que imagina, le preguntan dónde está Dios en su sistema. En la versión de Brecht Galileo responde: "¡en nosotros mismos o en ninguna parte!"

Salvo algunos a quienes conozco mucho, no sé quiénes sois creyentes y quienes no, ni en qué creéis quienes creéis. Yo soy creyente. Fui educado como católico y me siento cristiano. Tengo esperanza en la promesa de Dios, pero me interesa más el mensaje que me dejó (nos dejó, para quien quisiera seguirlo) su Hijo: amaos los unos a los otros y así sabrán que sois de los míos.

A veces me preguntan por qué creo. Creo porque si somos hijos del mismo Padre somos hermanos, y si somos hermanos somos iguales; y porque si expreso mi amor a Dios amando a mis hermanos y eso guía mi vida, quizás el mundo sea un poquito mejor. Por eso tengo conciencia de mis pecados y sé que hay muchos ateos que son mucho mejores cristianos que yo.

Dice Juan que a Dios nadie le ha visto nunca. No vemos a Dios mirando al cielo, sino mirando a todas y cada una de las personas, en ellas está Dios, ellas son Dios. Dijo Agustín de Hipona: ama y haz lo que quieras, porque todo lo que hagas por amor es un acto de Dios.

Poco importa en qué creéis. En estos días de angustia, de miedo, de momentos quizá de alguna desesperación, lo que nos va a dar más fuerza es amar, lo más potente que tenemos es el amor. Pero el amor a lo bestia, no a nuestros padres, hijos, hermanos, parejas; a toda la Humanidad y a cada ser humano. Somos cada día los autores de la obra de Dios en la tierra.

Perdonadme los que seáis muy ortodoxos si algo de lo que he escrito es una herejía o algo así. Es lo que siento esta mañana de domingo y suelo decir las cosas tal como las siento.

Cuidaos mucho y cuidad de vuestra gente. Se os quiere.

lunes, 28 de marzo de 2022

28 de marzo de 2020

Buenos días.

Esta mañana me ha pasado una cosa en la compra. Me he encontrado con alguien del pueblo con quien comparto muchas cosas pero con quien, los motivos no vienen al caso, hace tiempo hubo un distanciamiento fuerte. Desde entonces cada encuentro ha sido un momento de cierta tensión, saludos fríos, la cordialidad estrictamente necesaria para mantener la cortesía y poco más.

Hoy al vernos allí he notado que me subía la sonrisa, y aunque los dos íbamos medio enmascarados he podido ver en sus ojos que le ha pasado lo mismo. Nos hemos acercado, nos hemos dado el codo, nos hemos preguntado cómo van las cosas por casa (su madre es muy mayor y mis fieras tienen asma...) y yo a él por un papeleo con el que sé que está teniendo dificultades, y finalmente me ha dicho: "cuando todo esto pase tú y yo tenemos que hablar."

Soy intensito de serie, y además llegaba tocado porque esta mañana he oído por la radio esa canción de Love of Lesbian que empieza diciendo "Si salimos de ésta, te juro que no haré ni un gesto de emoción. Bastante duro ya ha sido como para darle encima la satisfacción." Allí mismo le he hecho el gesto de abrazarse y me he dado la vuelta porque no quería que me viera con los ojos húmedos.

Cuando salgamos de esta vamos a tener que hacernos muchas preguntas. Como si tiene sentido irse a dormir sin besar a la persona que amas por una discusión tonta durante la cena. O si es normal que nos cueste hablar con gente con la que hemos cavado zanjas (en algunos casos literalmente) durante décadas. O si hemos correspondido a todo el cariño que hemos recibido. O si nos hemos sentido mal, en vez de haber disfrutado, cuando hemos estado con alguien que sabe mucho de lo que sea. O si a veces al ofrecer cualquier cosa lo hacemos, aun sin querer, esperando algo a cambio. O si no habría sido mejor dormir un poco menos aquella noche, porque habríamos podido cantar una vez más eso de que lo importante es seguir luchando o eso otro de que voy a darme ese lujo por amor al arte, y mirar fijamente a alguien al rematar con lo de lo aprendí de ti.

Cuando salgamos de esta vamos a tener que ser muy inteligentes para acertar con las respuestas correctas, y actuar en consecuencia.

Cuidaos mucho y cuidad de vuestra gente. Se os quiere.

26 de marzo de 2020

 Buenos días.

¿Cómo estáis? No sé si os pasará lo mismo que a mí. Estoy un poco hasta las narices (seamos comedidos) de este encierro, pero a la vez estoy aprovechando para volver a descubrir el valor de ciertas cosas que a lo mejor en la vida normal se me habían escapado.

Por ejemplo, estoy dándole mucho más valor a la amistad. Quienes me conocen desde hace más tiempo saben que tiendo a ser cariñoso, soy mucho de besos y abrazos y tal. Y si alguien me dice que mejor no por supuesto que me modero, pero me cuesta.

Estos días estoy reencontrándome con el sentido profundo de la amistad. Para mí un amigo de verdad es un hermano elegido. Ojo que a mis hermanos de sangre les quiero hasta la adoración, eso es así. Pero mis amigos son hermanos elegidos. Los tengo de todos los colores y de todas las procedencias. Incluso en esta cosa he conocido a personas a las que nunca he visto en persona y que sé que el día que nos veamos nos saldrá de dentro un abrazo.

Con mis hermanos discutimos mucho. Somos un huevo de gente (y si ya sumamos parejas, hijos ya mayorcitos pues ni os cuento). Lo hacemos como lo hacen los hermanos y más allá, porque como dice el Loco, para qué discutir pudiendo pelear.

Aquí de vez en cuando la liamos también. Siempre que pasa eso pienso, y a veces lo escribo, que sólo es otra forma de decirnos que nos echamos de menos. No sé a cuántos os pasa, pero a mí sí: os echo muchísimo de menos, a cada cual de la manera que nació y creció nuestra amistad. Y tengo ganas de repetir estas broncas sentaditos a una mesa para que todas acaben siempre con risas.

Cuidaos mucho y cuidad a vuestra gente. Se os quiere.

domingo, 27 de marzo de 2022

27 de marzo de 2020

Buenos días.

Enfrente de la puerta de casa tengo un laurel. Lo planté hace como 15 años, era apenas una varilla de dos palmos con cuatro hojas y ahora es una esfera de sus buenos 3 metros de diámetro, porque nunca he querido podarlo para darle forma y crece libre, fuerte y vigoroso. Lo puse para tenerlo a mano si alguna vez me hacían César de algo, pero ha sido mucho más útil para preparar escabeches, vinagretas y estofados, que no sabéis lo que ganan en sabor cuando el laurel en vez de estar seco está recién cogido de su rama.

Hace unos días, ya encerrados, me di cuenta de que una de sus ramas estaba muerta. No había pasado nunca y me extrañó, así que me interesé por ello. Enseguida vi la razón: una minúscula enredadera se había enroscado en esa rama hasta matarla. Corté la rama muerta y eliminé la enredadera y ahí sigue el laurel como si nada hubiera pasado.

Aunque por alguna razón nos empeñamos en creer y decir lo contrario, somos una sociedad estupenda. Una sociedad en la que la inmensa mayoría simplemente trata de salir adelante en la vida lo mejor posible. En la que para casi todo el mundo es más importante lo que une que lo que separa, lo que nos hace iguales que lo que nos diferencia, y en la que vivimos la diversidad más como riqueza que como problema.

Eso no impide que de vez en cuando se nos enrosque una enredadera en alguna rama y la seque y la mate. Está en la libertad de cada cual ser rama del laurel o enredadera: elegir entre la verdad, la solidaridad, la unión, el respeto y el amor, por un lado, o la mentira, el egoísmo, la división, el menosprecio y el odio, por el otro. Yo ya sé en qué lado está toda la gente que pasa por aquí. Y también sé que no es fácil porque, para qué negar lo obvio, a mí me cuesta muchísimo.

Cuidaos mucho y cuidad de vuestra gente. Se os quiere.

viernes, 25 de marzo de 2022

25 de marzo de 2020

 Buenos días.

Por aquí no aparece el sol ni a puñetazos y eso, la verdad, no es lo mejor cuando tienes que estar medio encerrado. Aunque seguro que hay muchísima gente que está en condiciones bastante peores que las mías, de manera que dejaré que la empatía gane la baza y listos.

Eso de la empatía algunas veces no lo entendemos bien del todo ¿eh? Sobre todo a la hora de darla, porque cuando la necesitamos pedimos toda la largueza que no tenemos cuando son otros los que nos la piden.

Ayer mismo tuve otra vez un contraste de pareceres (captaréis la sutileza, espero) con alguien que no podía entender por qué no podía coger su monopatín y ponerse a dar barrigazos por ahí. A ver, si el problema no es ya que contactes o no contactes con alguien, es que si te cascas el tobillo tendremos que dedicarte un esfuerzo sanitario que me parece que nos hace más falta en otra parte.

También ayer supe que hay cantidad de sitios donde la gente desde las ventanas insulta a quienes ve por la calle. Es esa tendencia a la delación tan nuestra ¿verdad? Ves a un señor por la calle y no sabes si viene o va a del trabajo, o si es un sanitario, o si va a la compra o vuelve de tirar la basura. Ves a dos personas juntas por la calle y no sabes si una de ellas es una persona dependiente, sea por edad o por alguna discapacidad. Pero lo nuestro no es sentirnos bien haciendo lo que debemos, lo nuestro es sentirnos mejores que el otro gritándole si nos imaginamos que lo está haciendo mal. Donde yo vivo eso no pasa porque nos conocemos tothom, pero en sitios más grandes...

Empatía. Haz lo que debes. Atiende las indicaciones de las autoridades, que lo harán bien o mal pero es su deber y su responsabilidad decirnos ahora lo que hemos de hacer. Pregúntate dos veces antes de decidir que lo que vas a hacer no le afecta a nadie y también antes de arrogarte el derecho de juzgar lo que hacen los demás sin saber nada de ellos.

Qué difícil es intentar ser como hay que ser, joder.

Cuidaos mucho y cuidad de vuestra gente. Se os quiere.

jueves, 24 de marzo de 2022

24 de marzo de 2020

Buenos días.

Hay una canción de Serrat, creo que de las menos conocidas pero para mí de las más bonitas, que empieza así: "De vez en cuando la vida nos besa en la boca..." Es verdad. De vez en cuando la vida nos pone en situaciones que nos hacen felices por el simple hecho de vivirlas.

Pero también es verdad que algunas veces tiene una forma extraña de hacerlo: la de darnos la oportunidad de demostrar quienes somos y lo que llevamos dentro. Lo difícil, lo duro, lo exigente, momentos como el que estamos compartiendo, también son escenarios para una felicidad concreta: la de demostrarnos cada cual a sí mismo, y a los demás, de qué clase de material está hecha nuestra alma.

Es por eso que en estos días estamos viendo lo mejor, pero también lo peor, de nosotros mismos y de quienes nos rodean. Desde la calma serena del que está en su casa o el heroísmo sencillo de quienes están en primera línea hasta la miseria moral del que está aprovechando para sacar fuera todo el rencor, todo el revanchismo, todo el odio y toda la bajeza que tiene dentro. Si de tu boca sale amor será porque estás lleno de amor, si de tu boca sale mierda (perdonad) es porque estás lleno de mierda.

Yo sé quienes son mis amigos y mis amigos saben quien soy yo. Nunca el odio ha servido para hacer crecer nada bueno ni nuevo. Es el amor, el amor intenso, el amor profundo, el amor tal como se lo cuenta Pablo a los corintios, el que hace que el mundo se encamine poco a poco, con dificultad, titubeando pero con una meta clara, hacia el Bien.

Cuidaos mucho y cuidad a vuestra gente. Se os quiere.

23 de marzo de 2020

Buenos días. Vamos a intentar seguir contando alguna cosa que haga pensar un poco, si puede ser en positivo.

Ayer por la tarde estuve viendo una película ya un poco viejuna, de 2002, que se tituló aquí "Cuando éramos soldados". Es una dramatización de la primera batalla seria de la guerra del Vietnam, la del valle de la Drang. La película estará mejor o peor hecha, no entiendo de cine, pero tiene algún momento de esos que al menos a mí me ponen los pelos de punta.

A la casa del teniente coronel Moore, que mandaba el batallón que protagonizó la batalla, llega un taxista con un telegrama y le abre la puerta la esposa. Ella le mete una bronca del 15 con remolque, porque el telegrama no era para ella, simplemente el taxista quería preguntar porque no encontraba la dirección de la destinataria, pero el susto que le ha dado a ella es fácil de entender. El taxista se da la vuelta y le dice, triste: "Señora, a mí no me gusta hacer esto, pero es mi trabajo".

La señora Moore entonces le dice: "Deme el telegrama. Y a partir de ahora todos los que lleguen me los trae a mí, yo los repartiré." Y así lo hace a medida que van llegando.

Mirad. Desgraciadamente estas semanas a muchas familias les están y les van a seguir dando noticias como la del telegrama de la peli.

No nos han pedido que vayamos a la otra punta del mundo a defender la civilización occidental o algo así, ¿verdad? Sólo nos han pedido que nos quedemos en casa para defender las vidas de nuestros vecinos.

Por favor, cuidaos mucho porque así nos cuidáis a todos. Se os quiere.

jueves, 7 de febrero de 2019

EL RETORNO A LOS VALORES DE LA SOCIALDEMOCRACIA


Hace unos meses Borja Barragué y Gonzalo López publicaron un a mi juicio excelente artículo [http://agendapublica.elperiodico.com/la-socialdemocracia-los-faltan/] en el que planteaban algunas de las cuestiones que tiene que abordar la socialdemocracia para recuperar las posiciones políticas perdidas en las últimas décadas. Sin ánimo de polemizar sino, muy al contrario, de avanzar por la senda que ellos trazaron, me propongo plantear algunas cuestiones relativas a la importancia que tendrá recuperar los valores de la socialdemocracia para afrontar el desafío de volver a ser la principal opción política en los países más desarrollados. Los valores proporcionan una pauta permanente para la interpretación de la realidad, son la base de un concepto de la persona y la sociedad y, como consecuencia, determinan los fines que orientan las políticas que se van a llevar a cabo.

En este sentido, sigue siendo útil la intuición de Hirschman [en Retóricas de la intransigencia, FCE, 1991] de que en todas las etapas históricas han coexistido una tendencia a mantener el statu quo y otra con voluntad de modificarlo en el sentido de mejorar la vida de aquellos que están peor. Para los primeros, sigue Hirschman identificándolos con la definición clásica de la derecha a título meramente descriptivo, es mejor dejarlo todo igual porque los cambios implican la aparición de efectos diferentes a los perseguidos (tesis de la perversidad), carecen de efecto alguno (tesis de la futilidad) o ponen en peligro las conquistas anteriores (tesis del riesgo). La izquierda, por el contrario, tiende a poner más énfasis en los beneficios derivados del cambio que en sus posibles costes.

El 2 de enero de 1999 el malogrado Ernest Lluch describió en una página lo que para él significaba el socialismo. Ese manuscrito, caligrafiado en catalán con letra limpia y pulcra [ver original en http://www.fcampalans.cat/arxiu/uploads/manuscrits/pdf/lluch_00.pdf], dice así (la traducción es mía):

“El socialismo es llevar la máxima libertad, la máxima igualdad y la máxima fraternidad posibles a las personas que viven en sociedad. Para conseguirlo no basta con políticas públicas, sino que también hace falta que paralelamente cambien la moral y la ética de las personas. Hemos de cambiar las cosas pero hemos de cambiar a las personas. Pienso que hemos de hacer nuestros los valores del cristianismo primitivo y del cristianismo humanista. Hemos de incorporar los valores del compañerismo de los trabajadores en sus puestos de trabajo y en su organización autónoma. La ética del trabajo y de la tarea bien hecha nos han de vertebrar. Colectivamente hemos de afanarnos para que desaparezcan los flagelos y las causas de la desigualdad: el miedo a la enfermedad sin asistencia o a la vejez sin recursos, el no poder estudiar si se tienen condiciones y ganas. Queremos también que la formación de las personas permita disfrutar del ocio de una manera creativa y enriquecedora. Hemos de hacer esto mirando hacia lo que tenemos más cerca, pero también al conjunto de un planeta que queremos conservar, para que la inmensa mayoría pueda vivir en él en condiciones de libertad, que es un fin en sí misma.”

Libertad, igualdad, fraternidad. Estas tres palabras, que en su día cambiaron el mundo, siguen definiendo cualquier ideal de progreso y se implican mutuamente. Pero el nexo entre ellas, el clavillo del abanico, es la igualdad, consecuencia y causa a la vez de la libertad y la fraternidad. Lo que define las opciones de progreso es la lucha contra la desigualdad: respecto a los derechos individuales elementales estuvo en el origen de la revolución francesa, respecto a los derechos políticos dio en las transformaciones democráticas de mediados del siglo XIX y respecto a los derechos socioeconómicos hizo surgir el Estado de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial. Ninguno de esos cambios significó haber llegado al final de ningún camino, porque la socialdemocracia, sin dejar de lado otros fines, persigue un nuevo orden económico y social basado en la libertad, la justicia, la solidaridad y la mutua obligación derivada de ella, la democracia representativa y la economía de mercado. Y por lo tanto debe, en cada momento histórico, imaginar nuevas propuestas que desarrollen esos valores a partir de la idea de igualdad.

En 1949, en su célebre conferencia “Citizenship and Social Class” [versión castellana en https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/760109.pdf], Thomas H. Marshall identificó la igualdad con la plena ciudadanía: son ciudadanos los que son iguales con respecto a una misma tabla de derechos, que clasificó en civiles, políticos y sociales, y profundizar en la igualdad ante ellos debe ser el fin que defina la socialdemocracia. Más recientemente Offer y Söderberg, en su brillante ensayo sobre el papel del premio Nobel en Economía en la promoción del liberalismo económico [https://press.princeton.edu/titles/10841.html], han definido la socialdemocracia como la prolongación natural de la Ilustración. Por decirlo con palabras de Milanovic [http://glineq.blogspot.com.es/2016/10/will-social-democracy-return-review-of.html], “de la igualdad ante Dios a la igualdad ante la ley, a la igualdad entre hombres y mujeres, a la igualdad entre razas, a la igualdad de derechos entre los ciudadanos.” Dado que todos pasamos a lo largo de nuestras vidas por períodos en los que dependemos de los ingresos de otros (infancia, maternidad, enfermedad, desempleo, vejez…), la propuesta de la socialdemocracia consiste en poner en común esos períodos de dependencia a través del Estado, único ente que llega a todos, que puede forzar la participación de todos y que lo hace, además, a través de mecanismos de decisión democráticos.

Pero hoy en día el cambio tecnológico genera nuevas desigualdades en el acceso a la información y el conocimiento, y hay que definir una cuarta oleada de derechos, que no da por superadas las anteriores oleadas sino que las amplía, y concretar políticas que promuevan la igualdad con respecto a esos nuevos derechos. Por su parte, el evidente deterioro del medio ambiente exige asumir el compromiso de legar a las generaciones venideras un planeta como mínimo en las mismas condiciones que lo recibimos, no sólo desde el punto de vista de la disponibilidad de los recursos naturales necesarios para la vida humana, sino también desde el de la preservación de los espacios naturales para su disfrute lúdico y estético:  es una solidaridad no hacia nuestros mayores, sino hacia nuestros hijos. Finalmente, la creciente automatización de las actividades productivas va a implicar consecuencias todavía desconocidas en el mundo de las relaciones laborales para las que la socialdemocracia ha de tener respuesta.

En definitiva, se trata de que el mayor número posible de personas vivan dentro de los estándares normales de la vida en sociedad, porque eso es lo que caracteriza la ciudadanía -y quienes quedan fuera de ella son, por tanto, los excluidos-, y utilizar la singularidad del Estado con ese fin. De ahí que en mi opinión siga vigente la afirmación del manifiesto de Eisenach (1869): “Es misión del Estado hacer participar a una fracción cada vez más numerosa del pueblo en todos los bienes de la civilización.” Siguiendo a Doyal y Gough [Teoría de las necesidades humanas, Icaria-FUHEM, 1994], el ideal que se persigue es la plena satisfacción de las necesidades humanas, es decir, crear las condiciones para que todos tengamos las mismas oportunidades de satisfacer autónomamente nuestras necesidades, y establecer los mecanismos de compensación adecuados para el caso de que haya quien, a pesar de esa igualdad de oportunidades, no lo consiga. El vector que dirige la acción de la socialdemocracia tiene que ser redistribuir, en dos sentidos: por una parte reducir las desigualdades, y por otra hacerlo adoptando una concepción al estilo del principio de la diferencia de Rawls [Teoría de la justicia, FCE, 1971], es decir, poniendo especial atención, en cada ámbito, en aquellos que estén en peor situación de partida.

En el ámbito de los derechos civiles, redistribuir es eliminar cualquier trato desigual en función de características personales que no sean limitantes por su propia naturaleza, tales como el sexo, la orientación sexual, la etnia, el origen, la nacionalidad o las creencias religiosas. La socialdemocracia tiene que ser feminista y defender el reconocimiento pleno de la diversidad sexual, así como de todas las formas de familia. También es tarea la socialdemocracia favorecer la equiparación de derechos de los ciudadanos procedentes de otros lugares y, por supuesto, garantizar el más amplio respeto a la libertad religiosa. Una segunda cuestión que la socialdemocracia tendrá que afrontar es la participación en la vida social de las personas con minusvalía intelectual -uso la palabra minusvalía en su sentido original: limitación para poder valerse por sí mismo-, ya sea congénita o sobrevenida. La respuesta es cualquier cosa menos evidente y se puede plantear como mínimo desde dos enfoques diferentes: dar por supuesta la plenitud de derechos y definir las causas limitativas del ejercicio de tales derechos o, alternativamente, establecer por definición la limitación de derechos y fijar las condiciones para poder acceder a ellos.

Uno de los mayores retos de la socialdemocracia es la profundización de la participación de los ciudadanos en los asuntos colectivos: redistribuir el poder político partiendo del supuesto de que si hay quien carece de él es probablemente porque también hay otros que lo tienen en exceso. En sus orígenes la socialdemocracia se debatió entre la pulsión revolucionaria y la razón reformista. La polémica entre Kautsky y Bernstein a principios del siglo XX contraponía dos visiones de la democracia política: para el primero era sólo uno más entre los medios posibles para alcanzar el socialismo, mientras que el segundo la entendía como un fin en sí misma porque la consideraba una extensión de la idea de igualdad. Desde 1989 la declaración de principios de la Internacional Socialista contiene la afirmación de que una democracia más perfecta es a la vez el marco y el fin del socialismo.

Ahora bien, ¿qué es una democracia más perfecta? Apuntaré algunas ideas relativas al caso español y a los problemas que casi cuatro décadas de democracia han ido revelando. Empiezo diciendo que la de nuestro sistema democrático es la historia de un éxito. Nuestra democracia satisface con amplitud los requisitos de la poliarquía descrita por Dahl [en La poliarquía. Participación y oposición, Tecnos, 1989]: nadie que no haya sido elegido por nosotros toma decisiones en nuestro nombre, todos podemos optar a esos puestos y elegir a quienes los ocupan, hay pluralismo político, libertades de expresión y de prensa y elecciones periódicas con consecuencias preestablecidas, y la separación de poderes permite el control del funcionamiento de las instituciones. Sin embargo, cuestiones como la crisis de la democracia representativa, la distribución territorial del poder o el descrédito de las instituciones exigen respuestas en la línea de explorar posibles vías para una mayor participación directa de los ciudadanos en determinados ámbitos y decisiones, la apertura del proceso hacia la solución federal, la mejora de la selección de determinados cargos institucionales y la instauración de mecanismos de transparencia y exigencia de responsabilidades para recuperar la confianza de los ciudadanos en la política. También ayudarán, en el mismo sentido, reformas institucionales y administrativas que reduzcan los costes de gestión del Estado, liberando recursos para la redistribución y haciendo más visibles los resultados del esfuerzo fiscal de la ciudadanía.

Finalmente, en el terreno socioeconómico la Economía nos enseña sin duda posible que con carácter general los mercados competitivos son la mejor forma de maximizar los niveles de producción, empleo y renta. Pero también nos enseña que a veces los mercados fallan, sea porque no se dan las condiciones para la competencia, sea porque les pedimos que hagan cosas que no saben hacer. Si queremos redistribuir oportunidades y renta es necesaria una intervención activa e intencionada del Estado en la economía para asegurar una competencia real y efectiva cuando sea posible, regular los mercados cuando sea necesario, proveer bienes públicos y sociales y promocionar un acceso menos desigual a otros como la vivienda y la cultura.

Nuevos tiempos plantean nuevos problemas que exigen nuevas soluciones. La Gran Recesión ha creado formas de pobreza olvidadas, como la pobreza laboral, que tenderán a perpetuarse si no se les pone freno porque son insensibles a las tradicionales políticas de igualdad de oportunidades. De ahí la necesidad de activar nuevos instrumentos de redistribución primaria [Lindbeck, Desigualdad y política redistributiva, Oikos-Tau, 1975], profundizando en las políticas de igualdad de oportunidades, y abrir camino a las políticas de predistribución, como las llama Hacker [http://www.policy-network.net/pno_detail.aspx?ID=3998&title=The+institutional+foundations+of+middle-class+democracy] para compensar las desventajas de los sectores sociales menos favorecidos y las debilidades que hagan al mercado más propenso a generar desigualdad. [Dos buenas introducciones a este concepto son las de Barragué, https://www.eldiario.es/agendapublica/impacto_social/Igualitarismo-predistributivo-hace_0_367814154.html, o Noguera, https://blogs.elpais.com/alternativas/2015/07/predistribuci%C3%B3n-de-qu%C3%A9-hablamos-y-por-qu%C3%A9.html]

La socialdemocracia debe imaginar y perfeccionar instrumentos como alguna modalidad de renta mínima, así como reformas laborales que combinen la necesaria flexibilidad con una razonable seguridad y la recuperación de la importancia de los sindicatos en la vida laboral, y reformas fiscales que permitan generar ingresos fiscales a partir de nuevas fuentes de creación de riqueza. Y tiene que empezar a atreverse a ahondar en la línea marcada por Atkinson [Inequality: What can be done, Harvard UP, 2015]: aunque la igualdad de oportunidades sigue siendo un argumento nuclear, en un futuro que me parece inmediato habrá que empezar a perseguir objetivos relacionados con la igualdad de resultados.

domingo, 26 de agosto de 2018

MEJILLONES EN ESCABECHE


Que claro que sí, que los mejillones en escabeche son una de las maravillas de nuestra fantástica industria conservera. Pero... ¿se pueden hacer en casa? Se pueden hacer en casa, es muuuuy fácil y salen muy buenos. Sólo hacen falta los mejillones, aceite, vinagre, ajos, laurel y pimentón dulce.

Yo los mejillones los compro hervidos y congelados. Vienen limpitos y está muy bien, que todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida. Normalmente son de Chile y seguro que no están tan buenos como los de nuestras Rias Baixas, pero oye, tampoco somos taaaan exquisitos. He usado 1,5 kilos de mejillones de estos, que no es mucho porque vienen con media concha y menguan mucho. Lo primero que he hecho ha sido ponerlos en una sartén a fuego medio y tapados, para que cogieran un poco de temperatura y soltasen su jugo, que después usaremos.


Cuando los mejillones estén calientes los sacáis de la sartén, separáis la carne de la concha y la guardáis en un recipiente tipo bol, y coláis en otro recipiente el jugo que han soltado.

En la misma sartén ponéis el aceite. Yo uso como unidad de medida un vaso de yogur de los de vidrio. Pues hoy he puesto un vaso y casi medio. Lo empezáis a calentar y echáis tres o cuatro hojas de laurel y tres o cuatro ajos chafados (ya sabéis, ponéis encima la hoja del cuchillo y apretáis) y sin pelar.


Vamos a darle calor a esto hasta que los ajos estén un poco más que dorados, a esas alturas el aceite ya habrá cogido todo el aroma de los ajos y el laurel. Una cosa así:


Ya casi estamos. Lo apartamos del fuego y echamos la misma medida de vinagre (repito, esta vez algo menos de un vaso y medio de yogur), con cuidado porque al echar el vinagre frío en el aceite caliente puede saltar un poco. Movéis la sartén en círculos para que el aceite y el vinagre se mezclen bien y enseguida echáis una cuchara de postre de pimentón dulce y removéis bien. Queda algo así:


Volcáis este mejunje en el bol donde están los mejillones y añadís poco a poco el jugo de mejillón que teníais guardado, hasta que la mezcla tenga el sabor a vuestro gusto.

Eso sí, ahora paciencia: no vayáis a comerlos antes de que pasen unas 24 horas, porque entonces no les daréis tiempo a coger sabor. Por cuatro chavos vais a tener unos mejillones riquísimos que os podéis comer como os dé la gana, claro: en plan aperitivo, en bocata o a cucharadas. Pero si no se os ocurre nada, simplemente con un poco de arroz blanco cocido al dente vais a flipar.



sábado, 25 de agosto de 2018

TARTA DE LECHE CON CANELA


Cuando éramos pequeñajos una de las delicias del verano era la leche con canela. Que la verdad, no tiene nada: leche, canela, azúcar y frío. Pero mamá preparaba casi a diario una jarra enorme que se guardaba en la nevera y era una merienda de dioses. Hoy me he acordado de la leche con canela, no preguntéis por qué, y se me ha ocurrido que sería chulo convertirla en tarta. Y me he puesto a ello. Por cierto, es súper fácil de hacer.

Vais a necesitar para la base una pasta brisa redonda de esas que venden congeladas, que habréis sacado del congelador a la nevera dos días antes (hay que tener siempre en el congelador un par de estas, otro par de las de hojaldre y otro par de las de empanada, por lo menos), y que sacaréis de la nevera al menos una hora antes de preparar la tarta. La pasta brisa es chula, para estas cosas, porque es ligerita y bastante suave de sabor. Para el relleno cogéis medio litro de leche entera (qué nata ni nata: le-che), 50 gramos de maizena, 100 gramos de azúcar, las yemas de cuatro huevos y una cucharada de postre de canela en polvo. Y un molde, claro.

Empezamos por calentar el horno a 220º, por arriba y por abajo y si tiene ventilador con ventilador. Mientras tanto preparamos el relleno poniendo en una cazuela casi toda la leche, el azúcar y la cucharada de canela. Fuego medio 4/9 y varilla para que se disuelva bien el azúcar, y dejamos que vaya cogiendo calor.


Mientras tanto ponemos las yemas de huevo en un bol y las rompemos.


Añadimos la maizena y le damos varilla con ganas, para que se bata junto con los huevos y no queden grumos. Algo así, pero meneando el metal.


Nos ayudaremos añadiendo poco a poco el "casi" de leche que no hemos puesto a infusionar con la canela y el azúcar. Dale que te pego hasta que quede un líquido bien homogéneo.


Mientras hacemos esto la leche de la olla habrá ido cogiendo calor. La ayudáis a que llegue a hervir y la sacáis del fuego. Y entonces poco a poco y dándole fuerte a la varilla mezcláis el preparado de huevo con la leche caliente. Pero dadle, porque si no se os cuajará el huevo y se acabó la fiesta. Cuando esté bien mezclado lo dejamos reposar mientras nos ocupamos de la base.

Sacamos la pasta brisa del paquete y la colocamos en el molde. SI tenéis un molde de silicona (que es lo suyo), separadla del papel y colocadla directamente. Si el molde es de vidrio o cualquier otra cosa tendréis que ponerla con el papel. No os preocupéis si no queda perfecto. De hecho, es mejor que no quede perfecto ¿no? Es una tarta casera, digo yo.


Ahora tenéis dos opciones: pincháis con el tenedor el fondo de la masa o le ponéis algo encima. Como por ejemplo, otro molde de silicona. 


Ahora todo esto al horno, que ya estará caliente y además lo vais a bajar a 200º. Lo sacamos al cabo de 5-7 minutos, porque no queremos que se cueza del todo, sólo que se medio cueza.


¿Veis? Aquí yo ahora puedo echar lo que me dé la gana. Una lata de atún, acelgas, lo que os pete. En este caso, con mucho cuidado y un cucharón sopero vamos a echar el líquido que tenemos en la olla.


Que es líquido, totalmente líquido, parece café con leche. Echad sin miedo, tanto como os permita la altura del borde de la masa. Porque resulta que lo primero que pasará en cuanto metáis esto en el horno es que se cuajará la superficie y formará una burbuja y de ahí ya no sale nada. De hecho de entrada no he podido poner todo el líquido, no cabía. Pero después de haber cuajado el relleno (y de pinchar una burbuja que ocupaba toda la tarta) he podido añadir el resto encima.

Bueno, pues eso: lo metéis en el horno 20 minutos y a ver qué tal. Normalmente pasado ese tiempo veréis la tarta con la burbuja que os he dicho (maldita sea, no he pensado en hacerle foto), la pincháis con la punta de un cuchillo y comprobáis que lo que hay debajo está bien cuajado, que lo estará. Si os ha pasado como a mí volvéis a añadir líquido y en cosa de 5 minutos más volveréis a tener la burbuja y todo cuajado.


Y ya está. Esas arrugas que veis son por la burbuja. Pero no están blanditas, no, están bien cuajadas. Si os gusta que se tueste un poco la podéis dejar un poco más en el horno, pero no os paséis. Ya sólo falta esperar a que se enfríe y pasarla a una bandeja... ¡Y comérsela!



domingo, 19 de agosto de 2018

BONITO EN SALSA DE TOMATE


Estamos en temporada de bonito. El bonito es un pez de la familia del atún, pero para mi gusto de carne mucho más sabrosa y tierna. Una maravilla que ahora en verano está de temporada y tiene esta pinta:


Este que veis aquí ha pesado algo más de 5 kilos. Y me lo he llevado entero a casa, primero porque no me digáis que no es precioso, y segundo porque comprado a trozos es bastante más caro (a 8,95, para ser exactos). Pedidle a la persona que os atienda que os lo corte en lomos, os saldrán cuatro piezas estupendas. Que os envuelvan aparte la ventresca, que ya os contaré otro día la manera de hacerla que me gusta más. Y por supuesto, quedaos con la cabeza y la espina: con media cabeza y media espina os sale caldo para hacer fideuà para 8 personas, y las mitades restantes se congelan para la siguiente vez. Llegaréis a casa con la espina, la cabeza, la ventresca y dos bandejas como esta:


Con esta bandeja os sale bonito para 6 personas si es en plan "una ensaladita y plato único". Lo primero que vamos a hacer es coger todo esto, que es un lomo, y quitarle la piel. El bonito no tiene escamas, pero una parte de la piel, la más cercana a la cabeza, es dura como una suela de cuero. Así que con un cuchillo muy afilado quitáis esa parte de la piel, el resto no hace falta. Después vamos a cortar las piezas en rodajas anchas, como el pulgar o así, y las salamos sin miedo por una cara:


Tenemos a punto una sartén con un suspiro de aceite bien caliente, le bajamos el fuego al 7/9 y ponemos en ella las rodajas con la parte salada hacia abajo, para poder salar la otra cara, que nos queda, claro, arriba.


Os diría que lo dejaseis sólo un par de minutos, pero con el coñazo del anisakis necesitáis que quede cocido hasta el centro (para estar seguros de que toda la pieza ha llegado a los 60º), así que estáis atentos y cuando veáis que el color rojo se ha convertido en marroncito claro hasta media altura de las rodajas les dais la vuelta.


Repetimos el proceso y cuando estemos satisfechos con la cocción vaciamos toda la sartén en un plato o bandeja. Uy, qué cosa más rara ¿no? Pues no. Lo vais a tener que hacer en dos tandas (a no ser que tengáis una sartén inmensa), y la primera tanda os deja la sartén llena de jugos del bonito. Esos jugos ahí no pintan nada y harán que en vez de freírse la segunda ronda se cueza, ueeecs, qué mal. Pero si los recogemos en la bandeja haremos algo con ellos después, ya veréis. Seguís friendo de la misma manera hasta que se os acaba el bonito.


Bien ¿no? Ahora tendría que explicar la salsa de tomate. ¿De verdad? Venga ya, hombre. Vaaale. Pues nada, cebolla picada muy fina, ajo en láminas casi transparentes (se desharán), una hoja de laurel (yo lo prefiero fresco, pero es que lo tengo ahí al lado) y pochar hasta que esté la cebolla transparente empezando a dorarse y el ajo prácticamente disuelto. Ahora echáis un tetrabrik de tomate frito (de este sencillito del híper, no os liéis)... y todo el jugo de bonito que tenéis en la bandeja de antes (ya veréis qué sabor le da al tomate). Removéis, mezcláis todo y dejáis hacer chup chup hasta que parezca una especie de mermelada. Podéis añadir un vasito de vino blanco seco, y que se evapore. De la salsa no pongo fotos porque sería ofenderos, y aunque soy faltón por naturaleza hoy no apetece.

Cuando consideréis que la salsa está a vuestro gusto añadís las rodajas de bonito de manera que queden casi cubiertas, así:


Ahora vais a subir el fuego hasta ese nivel de plop... plop, ya sabéis, como que está queriendo hervir pero no acaba de poder. Y me lo tenéis así mínimo diez minutos, dando la vuelta a las rodajas a mitad del tiempo. Y ya está. Lo dejáis enfriar tranquilamente, lo cubrís y esperáis al menos 24 horas antes de volver a calentarlo para comerlo.

Queda así, y está muy muy rico.


domingo, 22 de abril de 2018

LOMO DE CERDO EN HOJALDRE A MI MANERA



Qué rico que está el cerdo, y cuánto cerdo tenemos en este país (me refiero de los de cuatro patas). Pues nada, con una pieza de lomo, una lámina cuadrada de hojaldre, unas lonchas de cansalada cortadas finitas (yo la cansalada la compro en piezas de kilo o así, me gusta desayunar salado y un bocata de cansalada a las 7 de la mañana es lo más), sal y pimienta, un culín de all-i-oli que me quedó de ayer y una pizca de salsa de tomate que he pillado de una olla para hacer macarrones me sale esta cosa.

Empiezo por encender el horno a 200º por arriba y por abajo y por poner la lámina en una lata para horno con el papel que viene en el envase.


Sobre ella coloco las lonchas de cansalada para envolver el lomo con ellas.


Ahora hay que salpimentar la pieza de lomo y pintarla ligeramente con la salsa de tomate (poquita sal, que la cansalada y la salsa ya tienen lo suyo). (Otra posibilidad es licuar un poco de mostaza de Dijon con zumo de limón y aceite.)


Ponemos el lomo encima de las lonchas de cansalada y lo envolvemos con ellas.


Lo siguiente es cerrar el paquete con la lámina de hojaldre. Y una vez cerrado, estiramos con cuidado para retirar el papel. Al hacerlo el paquete se gira y queda con lo que podríamos llamar la costura hacia abajo. Mirad que bonito:


Ahora, con un pincel de esos de silicona, pinto la pieza con el all-i-oli. 


Lo tenemos unos 20 minutos a 200º y después lo bajamos a 180º y lo tenemos alrededor de una hora. Lo sacamos del horno y rápidamente, pero con cuidado de no quemarnos, sacamos de la bandeja todo el líquido que queda en el fondo. No se os ocurra tirarlo, porque os servirá como base para cualquier salsa que tengáis que hacer para acompañar un guiso de carne, por ejemplo.

Si lo probáis ya me contaréis.


BERENJENAS AL PARMESANO


Las berenjenas me gustan de todas las maneras menos crudas. De hecho las he comido alguna vez marinadas en una especie de escabeche frío y oye, pues también. Esta receta es un clásico de cualquier restaurante italiano que se precie, aunque en algunos le ponen mozzarella, que es ese queso que queda bien en las pizzas porque hace que se pegue todo, pero que sabor, lo que se dice sabor, yo diría que tiene más bien poco.

Las berenjenas al parmesano no son de Parma. Hay discusión sobre si son de Nápoles, de la Toscana, de Sicilia... pero no son de Parma. Del sur de Italia, claro que sí. Y ya vale de teorías.

Para hacerlas he usado un bote de cristal de salsa de tomate, de los de 550 g., un diente de ajo, media cebolla, 5 berenjenas hermosas (recordad que para saber que una berenjena está como Dios manda ha de parecernos sorprendentemente pesada con respecto a su tamaño), una buena cantidad de queso estilo parmesano rallado (pero si no sois millonarios no lo hagáis con parmesano de verdad), albahaca o cilantro seco, vino blanco (luego os diré cuánto), sal y aceite y ya está.

Vais a empezar por encender el horno a 180º arriba y abajo. Y por preparar una salsa de tomate normalita: ralláis la cebolla y el ajo lo más fino que podáis, los ponéis en un poquito de aceite que esté bien caliente y dejáis que se hagan a fuego medio, y cuando cogen color añadís el tomate y removéis. Un ratito después ponéis una cucharada de cilantro o albahaca secos y el vino. La cantidad de vino que necesitáis es exactamente... la que os haga falta para enjuagar con ella el bote del tomate y que quede limpio. Y ya lo ponéis en ese punto de fuego en el que parece que quiere hervir pero le falta fuerza y ya está.


Con esto en marcha ya podéis cortar las berenjenas en rodajas o láminas de más o menos 1/2 cm de grosor. Antes lo hacía siempre en láminas pero es un poco rollo, y además esto es comida casera, amiguitos, y en las casas normales no hay mandolina. Quedan así:


Esto hay que hacerlo deprisita porque en seguida hay que ponerlas en una bandeja con sal y aceite en las capas que haga falta, salando y poniendo chorrito de aceite en cada capa. 


Como el horno ya está caliente metéis la bandeja dentro, cosa de media hora, y os vais a ver la tele o yo qué sé. Pasada la media hora las de arriba estarán un poco tostadas y todas estarán blandas, por cierto de una manera más sana que con la receta tradicional, que consiste en freírlas y escurrirlas en papel de cocina.


Si tenéis hambre os las coméis así y fin de la historia. Pero a lo mejor queréis terminar el plato. Pues vale. En una lata para horno ponéis una capa de berenjena, la pintáis ligeramente con salsa de tomate (esto en pedantés se llama "napar", pero las personas normales lo que hacemos es pintarlas ligeramente). O sea: no queremos que naden en tomate, sólo que tengan sabor ¿vale? Y a continuación espolvoreáis con el parmesano como si estuvierais echando sal y se os hubiera ido un poco la olla. Ved:


Ya sólo hay que ir repitiendo los mismos pasos: capa de berenjenas, pintadita de salsa y queso rallado encima. En la última capa yo pongo más tomate, y así cuando las meto en el horno va escurriéndose hacia abajo. Y después del queso echo un chorrito de aceite para que quede un poco gratinado.


Lo meto en el horno media hora más y cuando sale tiene esta pinta. Sólo hay una pequeña dificultad: durante las dos horas siguientes la casa huele de ma-ra-vi-lla.


Comedlo al día siguiente. Sí, recalentado. Sí, si conviene en el microondas. Ya diréis.